| C. Aguilar Valencia La obtención de beneficios es, a primera vista, la razón de ser de la gran mayoría de las empresas. Un examen más detallado nos muestra que existen otros aspectos cruciales que se constituyen en el objetivo de una sociedad. Entre los factores que determinan el éxito de una empresa, y que en distintos análisis estadísticos figuran por encima de la rentabilidad, figuran aspectos tales como el reconocimiento de la marca y su reputación o la calidad de los productos elaborados. Otros aspectos como la responsabilidad social y la ética han aparecido con fuerza en los últimos años. Estadísticamente todavía no tienen un peso definitivo pero sí han experimentado una gran evolución en los últimos tiempos. Y es que, muchas de las grandes empresas se han deshumanizado y en una organización así la retención del talento es una misión difícil. Así pues, existe un número cada vez mayor de ejecutivos dispuestos a crear sus propios proyectos empresariales. Unos proyectos en los que la ética, la gestión de los recursos humanos y la calidad de los productos son los protagonistas. Así pues, en vez de tener cada vez más claro que lo verdaderamente relevante en el mundo de los negocios es la rentabilidad, cada vez cuesta más definir los criterios de éxito. Evidentemente, siguen existiendo muchos empresarios que consideran que el éxito es directamente proporcional al volumen de beneficios económicos. Las empresas que funcionan bajo este prisma tienden a valorar los resultados por encima de todo y el corto plazo se adueña de la organización. Sin embargo, no podemos discutir su eficacia. Y es que «todo vale por honrar a la sacrosanta cuenta de resultados». No importan los medios que haya que poner en marcha, no importan demasiado las plantillas y tampoco los clientes… o por lo menos no como auténtico criterio de éxito para una organización. Estas empresas no dejan de tener su departamento de recursos humanos, no dejan de tratar de fidelizar a los clientes y se empeñan en proyectar una imagen de compromiso con la sociedad. Pero lo cierto es que todos estos aspectos quedan en agua de borrajas cuando hay que maquillar las cuentas para que aparezca ese beneficio. Frente a esta corriente de pensamiento y de acción se encuentran otro tipo de empresarios en los que el proceso para alcanzar los objetivos es casi tan importante, si no más, que las ganancias económicas. Su planteamiento es sencillo: Quiero ganar dinero pero no a cualquier precio. Esta filosofía se traduce en una creciente preocupación por los empleados, ya que sin unos empleados satisfechos no pueden aparecer unos clientes satisfechos, una identificación con el lugar en el que se encuentra la empresa y las necesidades de su entorno y, por supuesto, una visión del plan de empresa en la que el medio plazo gana protagonismo al corto plazo. Este tipo de empresas se corresponden con aquellos que ven el éxito de su empresa en la obtención de la calidad en sus productos o los que piensan que lo más importante es la marca… y por supuesto, con aquellos que consideran que la responsabilidad social de la empresa y su ética es lo más importante. Así pues, aquellos que «no quieran ganar dinero a cualquier precio» tendrán que partir de la flexibilidad en la definición de objetivos y también desde el punto de vista de las relaciones personales, tendrán que entender que la delegación es un camino que evita la concentración de poder y que permite una mayor participación y desarrollo personal, que el compromiso de los trabadores con el proyecto empieza a forjarse en el mismo momento en el que existe un compromiso de la empresa con los trabajadores, que la mejor campaña de marketing no puede tapar a una empresa que vive de espaldas a su propia realidad. En definitiva, que una empresa no es algo inerte, es un sistema vivo que está en continuo intercambio de información con el mercado… y éste tarde o temprano pasa su factura. |