| C. García* Valencia Si supiéramos qué va a pasar, quizá costaría menos tomar decisiones. Pero lo cierto es que el futuro es impredecible. La infinidad de variables provoca que un cambio minúsculo trastoque los escenarios definidos de antemano. Por ello, en un momento en el que la incertidumbre sobre el futuro es máxima, las organizaciones emplean todos sus recursos en ser lo más adaptables posibles ante cualquier tipo de escenario. Esta es una buena medida, ya que únicamente aquellas organizaciones que sean competitivas en la actualidad y que puedan seguir siéndolo en el medio y largo plazo sobrevivirán al paso del tiempo. Sin embargo, la forma en la que las organizaciones buscan la adaptabilidad a las nuevas situaciones nos parece profundamente equivocada. Hoy en día, las empresas de nuestro entorno están más preocupadas en evitar echar el cierre que en aprovechar las nuevas oportunidades que ofrece una economía global. Por ello, buscan crear productos competitivos a base de reducir costes en lugar de ser más competitivos a base de añadir valor. Así, nos encontramos en un escenario en el que las empresas basan su futuro en algo que la historia ha demostrado que no provoca el éxito de una organización. Una de las primeras cosas que enseñan los profesores de marketing es que todo producto tiene un ciclo de vida y, por tanto, apoyar el éxito de una empresa en un producto o servicio determinado no aportará los resultados deseados. Puede que, durante un tiempo, ese producto o servicio sea la estrella del mercado, pero cuanto mayor sea su éxito, más esfuerzos dedicará la competencia a crear productos con más calidad y menor precio. Esto es una pauta que se ha ido repitiendo a lo largo del tiempo, una pauta que nos indica que es mucho más sencillo imitar un producto o la forma de prestar un servicio que copiar los procesos internos, imitar las pautas de funcionamiento, replicar los canales de comunicación internos o las estructuras de poder en el seno de la organización... Y todo ello, sigue siendo mucho más sencillo de imitar que la suma del talento que existe en la organización. Si el capital humano es, y debe seguir siendo, el principal argumento para reducir incertidumbre sobre el futuro y añadir flexibilidad a la organización, no es demasiado comprensible que los sectores empresariales sigan viendo en la flexibilidad del mercado de trabajo la panacea universal para acabar con la crisis que afecta a los sectores tradicionales. Las industrias locales se han caracterizado por competir a base de una excepcional relación calidad-precio. Ahora, esta ecuación se ha visto truncada por la potencia con la que han entrado en juego las economías emergentes y realmente servirá de muy poco tratar de devolver peso al segundo argumento. Aún estamos a tiempo, aún podemos provocar una revolución de los sectores tradicionales poniendo el acento en la calidad, en la innovación, en el desarrollo de una cultura de empresa que no esté basada en el céntimo sino en la persona, en la creación de empresas modernas que asuman que para tener en su plantilla a los mejores, tendrán que pagar a los mejores como corresponde y que ello conllevará un incremento del coste de sus productos, pero también conllevará un salto cualitativo que nos permitirá presentarnos ante el mercado como una compañía única... o lo que es lo mismo, sin competencia.  |